La parca, solo me miró con sus ojos de un
rojo opaco y rió. Al ver que hablaba en serio, sus ojos se tornaron de un rojo
carmesí, en ellos solo se lograban apreciar una cosa: Las almas de miles de
personas, pidiendo ayuda a gritos.
Más sin embargo, yo no di un paso en
falso, ni mostré el terror que me infundían esos ojos tan... tan... bueno, eso
ya no importa. Solo importa una cosa más: "¿Qué sucedió con la hija de ese
doctor?". Ciertamente, no logro imaginar una miseria más grande que la
mía.
Cuando me di media vuelta, el encargado
de tomar las almas y yo, tuvimos un intercambio de palabras. Él comenzó: — ¿Tienes
alguna idea de a dónde ir?
Yo, no respondí. Él continuó: — ¿Servirá
esto de algo?
Nuevamente, mi silencio fue mi respuesta.
El insistió: — ¿Por qué te preocupa él? Jamás te preocupaste por nadie.
— Te has equivocado—Le dije mientras me
volteaba hacía él.
— ¿Ah, sí? ¿Y por quienes?
— Tú, más que nadie, sabes a quienes me
refiero.
Parecía que acababa de decir un chiste,
puesto que él ante mi respuesta, rió descontroladamente. Me hizo sentir como un
niño que perdió a su padre en un supermercado; sólo, pequeño y a la merced de
cualquiera. Pero, con una pequeña diferencia; yo no tenía hacía donde huir.
— Te mostraré el camino—Dijo aún
burlándose de mi. Siguió: — Y te acompañaré, puesto que no tengo mucho que
hacer y de verdad me estás divirtiendo.
— ¿Por qué?
—Soy el responsable de ti al morir. Si no
te has dado cuenta, tú, sigues ligado al mundo. Por lo tanto, tu alma aún no
puede ser mía. Solo queda esperar, pero, ¿por qué no divertirme un rato más en
lo que espero?
— Es decir que ¿Estoy vivo?—Dije yo
mientras bajaba mi cabeza con decepción.
— No. Pero raramente, tu alma sigue en tu
cuerpo físico.
—Entiendo. — Alcé la mirada y pregunté: —
¿Hacía donde?
—Camina de frente, mi hoz y yo, estaremos
muy cerca.
Solo me quedaba hacer lo que la muerte me
decía. Y es que ¿Había alguna otra opción? ¿Intentar suicidarme… de nuevo? el
simple hecho de pensarlo, ya es una estupidez. Sabía que la muerte, me estaba
usando como a un juguete para su propia diversión. ¿Irónico, no? mi desgracia
alimentaba el humor de algo, a lo que dejé de temerle hace mucho.
— ¿Cuánto más debo caminar? Ya ni si
quiera veo mis pies ni mis ma…, esperen, escucho a alguien.
Corrí despavoridamente hacía la voz que
escuchaba, era una pequeña niña blanca, de unos ojos tan azules como el océano,
cabellos dorados y enrulados. Está vestida de rojo y blanco, se ve hermosa…, me
hace recordar a mi hermanita. Aunque la niña ha de tener uno o dos años más. Y
ese de allí… es el doctor, ya entiendo, esa es su hija. No veo a ninguna mujer
que los acompañe, debe haberse separado de su mujer.
— Murió en pleno parto.
— Había olvidado que seguías aquí.
— Estaré contigo hasta que pueda llevarme
tu alma.
— No hace falta que lo repitas. Por
cierto ¿qué es aquí?
— Estamos en un recuerdo del doctor,
observa.
No sé exactamente a qué se refería con
“observa”. Yo solo veía un tranquilo parque repleto de niños, con sus padres y
madres.
—Eres muy poco observador.
—Que bien que lo notas.
— ¿No reconoces algo de esto?
— ¿Debería?
De nuevo, me ridiculicé a mi mismo frente
a la muerte. Esto ya estaba empezando a parecerme muy molesto. Le golpearía,
pero creo que solo conseguiría hacer que todo tuviese menos sentido. Ya de por
si me encontraba en una duda. Me insinuó que yo ya había visto esto… creo… a
ver.
— Yo estuve allí…
— Tienes cara de sorprendido— Me dijo
mientras aún se reía de mi.
— Es esto...
— Cuando atropellaron a tu hermana, a la
hija del doctor se le explotó la artería aorta, al parecer tenía un coagulo de
sangre. Ese día tuve mucho trabajo. Es por eso que ese hombre trató de salvarte
con tanto esmero, él te reconoció y supo que habías perdido lo mismo que él;
una preciada hija.
— ¿Por qué no me lo dijiste?—Le dije
llorando.
— Porque prefería que lo vieras por ti
mismo, así tus lágrimas irían mucho más cargadas de emoción y serían dulces y
saladas a la vez. Para mí como una golosina y para ti el trago más amargo del
mundo.
— No sabes cuánto te detesto.
Al decir esto, me tiré al suelo a llorar,
como solo un niño lo haría. Estaba abatido, triste, enfurecido y sollozando con
fuerza por todas aquellas personas que perdí. Pensé luego en el doctor y
también lloré por él, hacía mucho que no preocupaba por alguien que no fuera de
mi familia y quizás era porque pensaba, que solo ellos podrían comprender todo
mi dolor. Ese hombre me demostró, que muchos pasamos por lo mismo y lo
afrontamos de distintas formas.
— Bien, creo…, que por fin va llegando tu
hora—Me dijo sonriente.
— Hazte para atrás, aún puedo hacer un
último esfuerzo.
— ¡Soy la muerte, con un demonio!
— Tú lo dijiste, no puedes hacerme nada,
no aún.
— ¿Y QUE DIABLOS PUEDES HACER TÚ?
—Algo que estuve dejando de hacer; luchar…
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