— ¿Eres tan idiota como para
desafiar a la muerte?
— No. Soy tan decidido que te
venceré.
— ¿Qué te hace pensar que
tienes alguna oportunidad de sobrevivir?
Ésta vez quién rió, fui yo.
Como era de esperarse, la muerte se enfureció, se acercó a mí y me miró
fijamente a los ojos. Yo, sin la menor impresión y completamente tranquilo, le
lancé una mirada fría. Mi mirada, solo avivó las llamas que ardían en sus ojos,
veía en su cadavérica cara, que lo único que quería, era acabar conmigo. Yo no
le temía a la muerte, no le tenía miedo a nada. Pero… algo causaba
incertidumbre en mí, y era la duda de si en verdad, la muerte lograría su
misión.
Era obvio para ambos, que
ninguno se iba a rendir. Sin embargo, seguía existiendo un problema; si llegaba
a vivir ¿cuál sería mi motivo para estar vivo? Podía pelear por mi vida, solo
para demostrarle a la muerte, que tengo determinación, pero… ¿y luego? Si lo
hacía, solamente llegaría a ser lo mismo: Un “hombre
desdichado”, por no decir otra cosa.
Era una carrera contrarreloj,
yo debía de buscar rápidamente, algo que le diera sentido a mi vida, de no
encontrarlo a tiempo, mi fin, llegaría muy pronto. Debía de pensar rápido, o si
no…
— ¿Qué es... eso?
De repente, la muerte se
había desvanecido, pero ¿y el escenario en el que me encontraba hace solo unos
segundos? ¿A dónde rayos se fue todo? Ahora estoy yo, en una especie de
habitación gris, de un tono no muy oscuro. Y… sigo escuchando una voz… y es… es…
— No hay necesidad de llorar.
Al escuchar las palabras que
emanaban de su boca, la fuente de mis ojos empezó a fluir sin discreción
alguna. Yo estaba ya, arrodillado en el suelo, ella también se arrodilló ante mí
y me levantó la cara, para que la mirara directamente a los ojos. Yo, aún
llorando, le miré como pude. No me lo podía creer. Estaba tan bella como
siempre la recordé después de perderla.
—Por lo menos, aprovecha
éstos momento para hablarme ¿no?
—Tú no eres real, no puedes
ser real— Dije sin poderme creer nada de eso.
Ella hizo un gesto de
desapruebo y dijo: — ¡Ay, Valentine! Sigues tan terco como antes.
—Eres tú… en verdad, eres tú.
— Ya te lo había dicho, mi
amor.
— Ve... Vega…—Seguí llorando descontroladamente.
Era ella, mi esposa, se veía
radiante e idéntica a como se veía en mis sueños, esto no dejaba de
sorprenderme, podría haber abandonado todo, pero, creo que eso no estaba en los
planes de ellas, sé que estaba tan alegre como yo de volvernos a encontrar,
pero, era obvio que algo le incomodaba.
—Sé en el aprieto en el que
estás ahora mismo.
—Eso ya no importa más, estoy
con...
— ¡NO!—Me interrumpió y
continuó: — Si importa.
— Pero…
— Mi amor, a ti, aún te queda
tiempo en la tierra. Y debes luchar por ello.
— No hay una razón para
hacerlo— Dije bajando la mirada.
— Pues, sí la hay.
Ella señaló con su dedo a mi
espalda. Cuando voltee mi cabeza para ver, estaba mi madre, mi ahijada y mi
hermanita, todas juntas, las tres estaban jugando, también, con otra niña y era
la hija del doctor, yo solo pude sonreír. En cierto momento, mi hermanita, la
niña y mi ahijada, se dieron cuenta de mi presencia y desde donde estaban, me
saludaron.
— Lucharé por ellas, sé que
es lo que quisieran.
— Y es lo que yo también
quiero. Vive, que aún tienes tiempo para ello.
Yo caminé tomado de la mano
de ella por unos veinte segundos, por un corredor que nos llevó a ambos hasta
el lugar exacto, en donde aún estaba mi cuerpo, ella se despidió de mi con un
beso y cuando por fin estaba a punto de hacer reaccionar mi cuerpo físico, la
niña corrió a mí, haló mi brazo y me dijo algo al oído, me pidió que se lo
dijera al doctor, de parte de ella. Yo asentí con la cabeza y le pedí que les
dijera algo a mi hermanita y a mi ahijada de mi parte.
En lo que yo abrí mis ojos,
solo veía mucha gente corriendo. Segundos después, logré ver al doctor, tenía
una cara de sorprendido muy grande. Se acercó a mí, abrió su boca, pero la
sorpresa de verme vivo, no lo dejó articular palabras para mí. Yo, tomé su mano
y como pude lo halé, para decirle al oído, con las fuerzas que no tenía: — La
pequeña Susan, me pidió que te dijera: “Bendición papá. Por
favor, deja de fumar”.
— Y luego ¿qué pasó, Lee?
— Pues, ese fue el día en que
comencé a vivir, sin tener a ninguna de las integrantes de VIDA.
— ¿Qué le sucedió al Doctor?
—Él, según oí, recién salió
de una operación de trasplante de pulmones. Fue exitosa, según me contaron,
claro.
— ¿Cuánto tiempo estuviste
muerto?
— Las enfermeras me dijeron,
que fueron unos 40 segundos los que estuve sin pulso.
— Buena historia, Lee
Valentine, pero, ¿En serio piensas que yo voy a creerte todo eso?
— Es tu problema. Bueno,
tengo que irme.
— ¿A dónde vas? ¡Espera!
¿Cuál era el mensaje que le enviarías a tu ahijada y hermanita?
—“El
que no estén en la tierra, no significa que hayan dejado de existir. Para mí,
ustedes siguen siendo mi vida. Aún después de la muerte.”

No hay comentarios.:
Publicar un comentario