Jueves 28 de Noviembre del 2013.
Ha sido el momento de mi vida, en que he estado a punto de llorar por la desgracia de un hombre, y la de una criatura sin índices de maldad. ¿Qué no hubiera deseado más que tener un día sin tener que ser yo, el testigo de las tonterías y estupideces que hacen tantas malditas personas? En definitiva, hemos hecho del mundo, una fruta podrida, que con cada minuto que corre en el reloj, se convierte en una basura más útil, que la misma gente que la pisa.
Mi intromisión al escuchar todo el... "espectáculo" no pasó desapercibida, pero simplemente no pude parar de escuchar y de cierta forma, sentir tanto dolor como el que sentía él... su dolor, simplemente, se me incrustó en el corazón de tal forma, que aún hoy, le recuerdo con pesar. Jamás había llegado a estar así, por el simple hecho de haber escuchado y entendido la tribulación que se encontraba en disputa, por el control del estado de ánimo ajeno, en contra de la fuerza de voluntad de este desconocido en particular. No era este pobre diablo el que me generaba la pena que tan fríamente recorrió toda mi piel. Imagino... que lo único que no quería, era demostrarme su debilidad, puesto que yo era el único que se encontraba tan cerca como para escuchar cada palabra que articulaba sin importar el tono de voz que utilizara.
El lugar, para quien pueda interesarle, fue en el que menos yo podría imaginarme: fue en una peluquería. Pero esto no cambió para nada el tono gris de tristeza que adquirieron las coloridas paredes exclusivamente pintadas para hacer el tramo más llevadero para los niños. Para mí, todo lucía tan oscuro como para él, pues hice sus sentimientos míos, se los arrebaté de cada pequeño cuerpo acuoso que desprendía de sus pestañas al final de cada oración.
Dedicar tiempo y atención,
de padre a su lazo sanguíneo,
sin la posibilidad de retribución,
es el castigo de un desvalido
que busca, en su afán entristecido,
un poco de comprensión.
La empatía, una enfermedad de la que solo sufro frente a los animales. Y sí, así la veo. La sociedad no ha hecho más que hacer de más de mi primera mitad de años de vida, una pesadilla interminable. La debilidad no es recompensada por el hombre, ni se pueda sacar de ella las fuerzas para seguir adelante pero, simplemente no pude evitarlo; su desgracia, mi tristeza, su tristeza...
Un hombre de 26 años, su pequeña hija, que a lo mucho tendría 4 y la ex-esposa, la zo...- quizá mayor que él. Cada palabra que exhalaba, parecía tener vida en ellas, pero no por lo que sugiere la oración en sí, si no porque embellecía su tono de voz con ánimo, mientras su aspecto se tornaba más sombrío y oscuro; le daba color a su voz, mientras su perfil se tornaba monótono y sin energía.
La niña, a la que escuchaba a duras penas de vez en cuando, hablándole con gran entusiasmo, le contaba con inocencia y la ignorancia tan bella y propia de su edad, como los adultos jugaban a ensuciar el recuerdo de su padre y mantenerle lo más alejada de él posible. Le contaba como mamá decía que "papá es un adefesio y carroña de la humanidad que, sencillamente no merece el mérito de la existencia" y otras cosas que no podía recordar ya que eran palabras que no le sonaban mucho, pero que le hacían gracia y que pensaba, eran las que se le dirigirían a un gran héroe como él, al que tanto quiere.
Mientras dejaba correr la tempestad que se arremolinaba en sus ojos color café, apretaba el mullido mueble en el que estaba sentado, con un coraje tan denso como una capa de neblina, que cubría su juicio y cegaba su mente. No se debería sentir lástima por una persona y, definir lo que pasaba por mi mente mientras trataba de digerir mis deducciones, como simple "pena", es estúpido. Que su deidad de preferencia se apiade de permitirles entender mi jeroglífica manera de expresarme.
No hace más útil una maja de hierro el afilarla para convertirla en una aguja, si la misma será usada solo como arma. Pues las armas aunque siempre han sido preparadas para las guerras, las guerras solo buscan, irónicamente, la paz. Nunca podremos todos tenerla, pero mientras la paz sea con los más poderosos, no habrá más guerras. ¿Y? ¿Quién estará satisfecho? El secreto a voces de la misma, para la humanidad, siempre ha sido la esclavitud del inferior.
Los alaridos de los desvalidos resonarán siempre en las profundidades de un risco, pues quienes han de ser los amos del feudo, buscarán el poder para pisotear y que de esa forma, jamás se pierda la raza pura por la que tantos idealistas han comandado, impuesto y asesinado. Mi mirar no buscaba más que palpar la desesperación de un... otro abatido.
El filtro para la indecisión, el antónimo de este mismo. ¿Los opuestos se complementan? falso. Se le llama la otra cara de la moneda, porque simplemente una no puede estar frente a la otra, la lógica es subjetiva y todos los criterios de la humanidad son relativos. Nadie tiene la razón, aunque todos estemos en lo cierto.
Todos merecemos igualdad de oportunidades piensan algunos, pero eso está condicionado por la igualdad de conocimientos. Todos podemos escribir, pero el más leído no será el de mejor sintaxis, si no el que mejor sepa venderle al lector lo que escribe, aunque el mismo lector lo aborrezca.
Todos podemos aspirar a ser altos ejecutivos, pero si no sabes manejar las leyes de la hipocresía, fracasa y apártate. Incluso hay hijos favoritos, aunque los padres lo nieguen por principio o por miedo al rechazo de la maldita sociedad. Todo es una mentira, una desgraciada mentira que tú, debes conocer antes de salir al mundo, o entender, si ya lo hiciste y aún no disciernes con propiedad. No somos nadie, nacimos para intentar ganarnos un puesto en la pirámide alimenticia. Ignoren si les place, el imbécil a mi lado posiblemente aún no lo sabía, y no sería yo quien se lo dijese. Sin embargo, alguien más sí lo hacía.
Su ex-mujer, esa, sí que estaba preparada para salir al mundo a derrumbar los castillitos de arena hechos a base de las ilusiones de los tontos a su alrededor. Buena práctica que realizó al arrebatarle la niña a un padre, que se veía a flor de piel, que daría su pálido pellejo por verla cinco minutos para llorar en sus hombros al sostenerla.
La calamidad que arrojó a los pies de la vida, de este vagabundo espiritual al cual pedía se le diese compasión, por patético que luciese. Pinté un panorama de los sucesos, que acarrearon su destrucción. Maldigo mi don; poder ver como una vida entera fue devastada con solo mirar la cara del naufrago de un navío de malandanzas y desinfortunios. Fácil es encallar y quedarse anclado cuando no eres el timonel de tu destino y si tú y todo lo que eres está bajo el pie de otra persona, pues estás condenado a ser considerado un primigenio, pigmeo e indefenso insecto.
Una discusión fue lo que llenó el océano de su color azul, la espuma fue rociada por la rabia y la furia alrededor de todas las costas y una vez fue propuesto un premio en carne al mejor marinero, no es difícil imaginar quien se llevó el primer lugar. Y aún siendo presa, no encontrándose con suficiente satisfacción, se dió a la tarea de juez, jurado y ejecutor, y procedió al desguazo del buque de su contrincante.
No hace falta ser un experto para derrotar a alguien en su propio juego. Las reglas, por más que sean modificadas, siempre dejan ventajas invisibles abiertas y aún con el mejor reglamento, siempre podrá hacerse uso de la simetría, pues imitar al rival, siempre hace que entiendas en carne propia hacia donde se deben mover la piezas en el tablero.
Su ex-mujer, esa, sí que estaba preparada para salir al mundo a derrumbar los castillitos de arena hechos a base de las ilusiones de los tontos a su alrededor. Buena práctica que realizó al arrebatarle la niña a un padre, que se veía a flor de piel, que daría su pálido pellejo por verla cinco minutos para llorar en sus hombros al sostenerla.
La calamidad que arrojó a los pies de la vida, de este vagabundo espiritual al cual pedía se le diese compasión, por patético que luciese. Pinté un panorama de los sucesos, que acarrearon su destrucción. Maldigo mi don; poder ver como una vida entera fue devastada con solo mirar la cara del naufrago de un navío de malandanzas y desinfortunios. Fácil es encallar y quedarse anclado cuando no eres el timonel de tu destino y si tú y todo lo que eres está bajo el pie de otra persona, pues estás condenado a ser considerado un primigenio, pigmeo e indefenso insecto.
Una discusión fue lo que llenó el océano de su color azul, la espuma fue rociada por la rabia y la furia alrededor de todas las costas y una vez fue propuesto un premio en carne al mejor marinero, no es difícil imaginar quien se llevó el primer lugar. Y aún siendo presa, no encontrándose con suficiente satisfacción, se dió a la tarea de juez, jurado y ejecutor, y procedió al desguazo del buque de su contrincante.
No hace falta ser un experto para derrotar a alguien en su propio juego. Las reglas, por más que sean modificadas, siempre dejan ventajas invisibles abiertas y aún con el mejor reglamento, siempre podrá hacerse uso de la simetría, pues imitar al rival, siempre hace que entiendas en carne propia hacia donde se deben mover la piezas en el tablero.
Y el peligro, tal como en el ajedrez, se corre en la incertidumbre de ver, hasta donde puedes hacerle espejo a quien compite contigo. Un arma de doble filo, sí. Pero el resultado de no arriesgar, hizo en esta oportunidad algo más garrafal que perder una simple partida.
Perder a esa mujer, ni yo me lamentaría de eso, perder a su hija quien sabe que tanto y más allá de ello... perder su trabajo, el acabose. El no luchar por su vida antes, le pasó una factura que ni su liquidación y regalías (si es que se las dieron) le ayudarían a pagar. Una demanda millonaria por maltrato infantil, un divorcio que él pagó y una amarga infidelidad que descubrió a posteriori.
Mi dureza se desvanecía cada vez más rápido, mi lengua se retrajo y me hizo un nudo en la garganta, mis manos intentaban solemnemente desgarrar mis muslos producto de mi impotencia. No tenía duda de en donde residía la culpa. No ella, en él... no luchar, verse derrotado, sumido en un cerro de estiércol acompañado de los cerdos con salario mínimo que se conformaban con la basura que se les daba, no obstante, ¿cómo culparle? Nadie se lo enseñó, nadie supo insistirle lo suficiente como para hacerle entender, que todo en la vida va por matices. Puedo repudiar cualquier tipo de ignorancia, pero si no somos enseñados a filosofar, aún siendo curiosos, no tenemos armas para la guerra que nos plantea el mundo.
— ¿Me extrañas amor?
— Sí papi, mucho... ¿cuándo te veo?
— No sé, pero voy a tratar de estar allá el sábado que viene si mami quiere.
— ¡SI! ¡Quiero verte!
No soporté un segundo más, ya no podía. Había nacido un cólera dentro de mí, que no era capaz de descargar de ninguna forma. Por eso, tomé mi abrigo y me dispuse a salir. A pesar de todo... debía hacer algo antes de levantarme. Con la calma que aprendí a canalizar en mis peores momentos, momentos como ese; tomé un papel y el lápiz que siempre he llevado a mi lado dentro de mi bolsillo izquierdo, cogí con mi mano izquierda el periódico sin dueño que tenía a un lado y escribí, con la mejor letra que pude.
Me levanté cabizbajo, cubierto de sombras, tiré el dinero en el mostrador de abajo y salí a la calle aparentando la calma después de la tormenta. Fui a casa, me coloqué la parte de abajo de mi quimono, coloqué mi saco de box y empecé a poner mi ira en esa caballera, en los ojos de color café, en esa voz tan inocente. Golpeé, pateé y grité hasta quedarme sin aliento una y otra vez. Me detuve, tensé mis músculos, liberé aire y aspiré, para volverme a tensar, golpeé y pateé más rápido que nunca, nudillos, palma, antebrazos, muslos, dedos, todo, todo cuanto mi cuerpo me lo consintió, hasta que en el último traspié, para el último golpe de palma, el saco se descolgó y salió disparado, hasta caer 3 metros más atrás en la dirección a la que golpeé. El sonido de la caída, me hizo hincarme de rodillas.
Mis palabras resonaron en mi mente, como una gota de agua al caer en un estanque insonoro y desolado, tan desolado como la perdida mirada de esa triste criatura, recuerdo del cual extraje mis fuerzas repitiendo cada palabra en mi mente mientras me levantaba
"No todo está perdido, no dejes de luchar. Suerte."
Mi cuerpo estaba rojo, marcado, adolorido, pero seguí, me abalancé sobre el saco y le di cuatro golpes, lo tomé por una cadena, lo alcé por encima de mi cabeza y lo lancé hacia atrás para asestarle una última patada. Caí con gran precisión y una vez me percaté que el saco ya había terminado de rodar, ya estaba de espaldas a la pared, con mis brazos inútiles, mis nudillos sangrando y mis piernas como si hubieran sido puestas a las brazas.
Perder a esa mujer, ni yo me lamentaría de eso, perder a su hija quien sabe que tanto y más allá de ello... perder su trabajo, el acabose. El no luchar por su vida antes, le pasó una factura que ni su liquidación y regalías (si es que se las dieron) le ayudarían a pagar. Una demanda millonaria por maltrato infantil, un divorcio que él pagó y una amarga infidelidad que descubrió a posteriori.
Mi dureza se desvanecía cada vez más rápido, mi lengua se retrajo y me hizo un nudo en la garganta, mis manos intentaban solemnemente desgarrar mis muslos producto de mi impotencia. No tenía duda de en donde residía la culpa. No ella, en él... no luchar, verse derrotado, sumido en un cerro de estiércol acompañado de los cerdos con salario mínimo que se conformaban con la basura que se les daba, no obstante, ¿cómo culparle? Nadie se lo enseñó, nadie supo insistirle lo suficiente como para hacerle entender, que todo en la vida va por matices. Puedo repudiar cualquier tipo de ignorancia, pero si no somos enseñados a filosofar, aún siendo curiosos, no tenemos armas para la guerra que nos plantea el mundo.
— ¿Me extrañas amor?
— Sí papi, mucho... ¿cuándo te veo?
— No sé, pero voy a tratar de estar allá el sábado que viene si mami quiere.
— ¡SI! ¡Quiero verte!
No soporté un segundo más, ya no podía. Había nacido un cólera dentro de mí, que no era capaz de descargar de ninguna forma. Por eso, tomé mi abrigo y me dispuse a salir. A pesar de todo... debía hacer algo antes de levantarme. Con la calma que aprendí a canalizar en mis peores momentos, momentos como ese; tomé un papel y el lápiz que siempre he llevado a mi lado dentro de mi bolsillo izquierdo, cogí con mi mano izquierda el periódico sin dueño que tenía a un lado y escribí, con la mejor letra que pude.
Me levanté cabizbajo, cubierto de sombras, tiré el dinero en el mostrador de abajo y salí a la calle aparentando la calma después de la tormenta. Fui a casa, me coloqué la parte de abajo de mi quimono, coloqué mi saco de box y empecé a poner mi ira en esa caballera, en los ojos de color café, en esa voz tan inocente. Golpeé, pateé y grité hasta quedarme sin aliento una y otra vez. Me detuve, tensé mis músculos, liberé aire y aspiré, para volverme a tensar, golpeé y pateé más rápido que nunca, nudillos, palma, antebrazos, muslos, dedos, todo, todo cuanto mi cuerpo me lo consintió, hasta que en el último traspié, para el último golpe de palma, el saco se descolgó y salió disparado, hasta caer 3 metros más atrás en la dirección a la que golpeé. El sonido de la caída, me hizo hincarme de rodillas.
Mis palabras resonaron en mi mente, como una gota de agua al caer en un estanque insonoro y desolado, tan desolado como la perdida mirada de esa triste criatura, recuerdo del cual extraje mis fuerzas repitiendo cada palabra en mi mente mientras me levantaba
"No todo está perdido, no dejes de luchar. Suerte."
Mi cuerpo estaba rojo, marcado, adolorido, pero seguí, me abalancé sobre el saco y le di cuatro golpes, lo tomé por una cadena, lo alcé por encima de mi cabeza y lo lancé hacia atrás para asestarle una última patada. Caí con gran precisión y una vez me percaté que el saco ya había terminado de rodar, ya estaba de espaldas a la pared, con mis brazos inútiles, mis nudillos sangrando y mis piernas como si hubieran sido puestas a las brazas.
Días recuerdo, en momentos de debilidad, a ese pobre y desamparado humano, al que no pude hacer más... que desearle lo mejor.
Heavydream.
